15.9.09

de rayitas blancas y rojas

de rayitas

Sabes que hace mucho tuve una camisita de algodón suave. Y digo que era de algodón suave, suavecito porque esa era una de las propiedades que más me atraía de ella. Me provocaba esa sensación de suavidad, esa sensación de que llevas algo encima, algo que te toca pero que no pesa, que no se siente… tal vez por eso la usaba tanto.

Llegué a usarla con tanta frecuencia que el tiempo no la perdonó y su desgaste fue inevitable. Unos huequitos aparecieron en ella. Los huequitos se hicieron huecos y estos últimos se convirtieron en hoyos. De forma que nunca más pude usar esa camisita en público. De forma que sólo pude usarla para mí. La corté.

Lo siguiente que pasó fue, sin duda, la razón por la que la boté. Y sí. Te estoy contando el final. Pero sin duda el motivo es más importante que el final.

El corte fue preciso. Corté lo necesario. Y lo necesario mostró de mi cuerpo, mucho más de lo aceptado. El corte quedó justo al ras de mis pezones. Y la mitad de mis senos quedó de manifiesto, visible, palpable, libre. Bastaba con moverme un poco o alzar mis brazos para asomar mis senos por completo. Creo que cada vez que eso pasaba la picardía me invadía; la desnudes no incomodaba en lo absoluto. Cuando dormía con ella, era como dormir sin prendas. Siempre amanecía desnuda, con ambos senos al descubierto…

Ya ves por qué no había solución, ya ves por qué tuve que deshacerme de ella, ya ves por qué tal vez botarla tenía un propósito. Y capaz, muy capaz, el propósito de la misma era contarte una y otra vez la misma historia. Recrearla una y cien veces más para ti y para tus oídos.

De rayitas blancas y rojas nació para ti. Ese es el final.

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